Mi abuelo tiene 78 años, una sonrisa de oro y cero miedo al peligro. El peligro le tiene miedo a él.
Maneja su carro como si estuviera huyendo de la policía en los 70. Se mete en contraflujo, se duerme en los semáforos y le gana el paso a las ambulancias. Cuando le reclaman, saca su carnet de la tercera edad y dice: “Tengo prioridad, hijo. La vida es mía.”
El otro día lo vi arreglar la televisión con un tenedor y una chancla. Dijo que era “técnica de campo”. La tele explotó. Él solo suspiró: “Era japonesa, por eso.”
Mi abuelo tiene 78 años, una sonrisa de oro y cero miedo al peligro. El peligro le tiene miedo a él.
Maneja su carro como si estuviera huyendo de la policía en los 70. Se mete en contraflujo, se duerme en los semáforos y le gana el paso a las ambulancias. Cuando le reclaman, saca su carnet de la tercera edad y dice: “Tengo prioridad, hijo. La vida es mía.”
El otro día lo vi arreglar la televisión con un tenedor y una chancla. Dijo que era “técnica de campo”. La tele explotó. Él solo suspiró: “Era japonesa, por eso.”
